Siempre he pensado que para afrontar las situaciones complejas hay que mirar de frente el problema, con todos sus tintes y bordes afilados. Una especie de "encerrona" entre el asunto y yo.
Ahí se da el espacio de llorar, patalear y lo que sea necesario para finalmente, encontrar un punto medio o concesión que nos permita seguir adelante. Esta vez, con una mochila menos cargada que al comienzo.
Pero hace pocos días, mi percepción sobre cómo abordar los conflictos ha sido puesta bajo la lupa. Mi propia lupa, al notar que las "fórmulas" que creía infalibles (aunque siempre dolorosas) podrían estar un poco erradas (spoiler: bastante).

